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Mi PLANETa BASURa

©  WRiTER oN THe MoON

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Mi artefacto espacial en <<La Bola del Mundo>>

¿Los 104 neones en el Edificio Capitol ya no ponen Schweppes?, disparo al aire.

El camarero nos tira un beso. No sé si está dirigido a Jeannete o a mí o a los dos, en cuyo caso tendremos que compartir el beso. Hay un frenesí en la terraza que parece haber poseído los átomos de toda esta gente borracha. Al mencionar a los átomos me vuelvo místico y le cuento a la señora de labios rojísimos que éstos viven mucho tiempo y que se reciclan constantemente. Le cuento que muy probablemente ella esté hecha de átomos de estrellas muertas y va y se mosquea.

—Qué pastelada, Juanjo, dice aquí el Don Juan este que estoy hecha de cadáveres de estrellas.

—Imbécil, no te estarás ligando a mi mujer, ¿no?

Niego con la cabeza. Me voy a defender pero me interrumpen.

—¡Menudo pedo llevo encima!— exclama Jeanette poseída por el quinto o vigésimo quinto Gin&Tonic. Se tira un pedo por la emoción, se disculpa llevándose la mano a la boca, y me dice que se le olvida que aquí suena todo demasiado, que en la Luna no suena nada.

La miro atónito yo y el resto de la terraza. Mira que la conozco desde hace unos cuantos millones de años y todavía la tía me sorprende.

—Un poco de educación, querida— afirmo aguantándome la risa y el cabreo.—Una flatulencia tuya puede acelerar el efecto invernadero en el que estos tontos del culo ya se asfixian.

Me vengo arriba.

—Oye, ni tan mal. Lo mismo me haces un favor y todo. Sigue tirándote pedos querida...

La mujer de labios rojísimos lleva minutos con la oreja puesta, está hipnotizada por cada gilipollez que cuento.

—Qué cosas tienes, mayfrién (de My Friend, en inglés)— me dice Jeanette.—Te rindes rápido con estas criaturitas, alma de cántaro. Cuando viste que los dinosaurios evolucionaron malignamente, te hartaste rápido...

La corto en seco.

Shhhhhhhhhhhhhh.

Se lleva un cacahuete a la boca, luego ciento treinta y cuatro.

No me gusta hablar de aquel día y menos con la mujer de labios rojísimos tan atenta. Pero Jeanette insiste, erre que erre, con la boca llena de cacahuetes.

—Amigo, serán los Gin&Tonics que llevo que me están obligando a hablar. Cuando no te gusta cómo queda la armonía de tu planetita, lo que tú dices que debería de ser un poema perfecto, haces borrón y cuenta nueva. Sin miramientos. 

Qué horror, la mujer de labios rojísimos está cautivada con la historia que cuenta Jeanette. La dibujo en una servilleta.

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Lo cierto es que Jeanette no miente: deduje que aquellos reptiles inteligentes evolucionarían de forma ejemplar. Pero... me equivoqué. La cosa se torció. ¡Y tanto! ¡Eran el mal hecho vida! La cosa pintaba fatal, así que le pedí a Jeanette (que por entonces cultivaba lo que ella llamaba Krets (equivalente a una plátano con tomate por dentro) que hiciera la tarea opuesta a lo que suele hacer hoy (protección anti-asteroides). Cazó un asteroide con un lazo gravitacional y tras hacer los cálculos oportunos, lo puso en rumbo accidental contra Mi Planeta Basura.

Y que pareciera un accidente...

Suminasen

すみません

¡Pobres bichos!

—Dale, dale, que sí...— zanjo molesto, pidiendo perdón en japonés otra vez.

El D.J. empieza a pinchar. Antes de hacerlo se mete tres rayas de coca y grita que Mark Zuckerberg es un tirano alienígena que les domina y manipula a todos con sus anuncios. Todos jalean y vitorean.

La fiesta empieza.

La mujer de labios rojísimos, que parece estar interesadísima en mí, me coge de la mano y me saca a la pista. Juanjo hace lo mismo con Jeanette.

Bailamos.

El camarero de esencia interior extremadamente atractiva se une.

Somos un quinteto dándolo todo en la pista de baile.

El hijo puta del camarero me susurra al oído que si soy un artista y siento un escalofrío. ¿Qué cojones tiene en su estructura interior que me vuelve tan loco?

Nueve minutos después, estamos montados en un Cabify rumbo al puerto de Navacerrada porque al parecer, me dice Jeanette (telepáticamente) me he ido de la lengua hablando de mi armatoste espacial que tengo enterrado cerca de las antenas que, irónicamente, guardan mucha similitud con el cohete pintado por Hergé para Tintín. A 2.265 metros de altitud. Lo dibujo en el aire (colores incluidos) y sorprendentemente lo ven.

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—Sabía que había algo mágico detrás de esas antenas— dice la mujer de labios rojísimos, que ha dejado tirado a Juanjo en la terraza del ático del Hotel y ahora se morrea con el camarero de esencia interior extremadamente atractiva.

El conductor no está sorprendido al escucharnos, nos cuenta que acaba de dejar a unos chavales en El Escorial que iban a invocar al espíritu del niño Pedrín en su tumba. Y justo antes de ellos dice que llevó a Batman, Superman y Flash por la Castellana, que por lo visto iban a hacer parkour grabándose en lo alto de un rascacielos porque así lo requerían sus millones de seguidores de Instagram.

Batman murió esa noche. Superman también ya que poseído por su papel, creyó poder volar para rescatarle. Flash desapareció de allí como un rayo. La retransmisión de ese vídeo se vuelve viral. (El alienígena de Zuckerberg aprovecha este evento para impactar con anuncios orientados a avanzar con su plan malévolo).

—Son 64,30 euros— espeta el conductor que nos deja en el parking del puerto de Navacerrada, a los pies de La Bola del Mundo. Le pago y desaparece con su Tesla. Me quedo pensando cuánto cobra un conductor de Cabify para tener un Tesla o si el conductor es un pelele preso de una mafia.

El silencio es ENSORDECEDOR.

Madrid se ve como una alfombra de luces bajo nuestros pies. Es hora de volar.